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martes, 31 de julio de 2012

Calvinismo


Italo Calvino, Las ciudades invisibles: "Las ciudades sutiles. 4".

La ciudad de Sofronia se compone de dos medias ciudades. En una está la gran montaña rusa de ríspidas gibas, el carrusel con el haz estrellado de sus cadenas, la rueda con sus jaulas giratorias, el pozo de la muerte con sus motocicletas cabeza abajo, la cúpula de circo con su racimo de trapecios colgando en el centro. La otra media ciudad es de piedra y mármol y cemento, con el banco, las fábricas, los palacios, el matadero, la escuela y todo lo demás. Una de las medias ciudades está fija, la otra es provisional y cuando ha terminado su tiempo de estadía, la desclavan, la desmontan y se la llevan para trasplantarla en los terrenos baldíos de otra media ciudad.

Así todos los años llega el día en que los peones desprenden los frontones de mármol, deshacen los muros de piedra, los pilones de cemento, desmontan el ministerio, el monumento, los muelles, la refinería de petróleo, el hospital, los cargan en remolques para seguir de plaza en plaza el itinerario de cada año. Ahí se queda la media Sofronia de los tiros al blanco y los carruseles, con el grito suspendido de la navecilla de la montaña rusa invertida, y empieza a contar cuántos meses, cuántos días tendrá que esperar antes de que la caravana regrese y la vida entera vuelva a empezar.

M. C. Escher, Day and night (1938)

Ya hace mucho supe de Italo Calvino con "El barón rampante", segunda parte de su trilogía de fábulas "Nuestros Antepasados" (la primera fue "El vizconde demediado" -dimezzato, en italiano- y la tercera "El caballero inexistente"): Cósimo Piovasco de Rondó, a la temprana edad de 12 años, rebelándose contra la tiranía familiar, se encarama a una encina del parque de la casa paterna... y no vuelve nunca a bajarse de los árboles ni aún en su muerte. Sin embargo este empecinamiento no lo convierte en un misántropo; antes al contrario, el barón es un personaje participativo, consagrado al bienestar de los otros, pero guardando siempre una distancia que permite ver mejor las cosas.

Más tempranamente que Cósimo y quizá rebelándome también contra la tiranía familiar, yo fui un niño rampante: mi infancia son recuerdos del jardín de un chalet de Badajoz; había melias y acacias mimosas (también un limonero, benjamín aún, sujeto a un rodrigón, que me temo no tuviera tiempo de madurar antes del derribo). Pero mi árbol no fue una encina sino una enorme morera a la que me encaramaba ayudado por unas puntas que había clavado con una piedra al tronco. Me gustaba permanecer al resguardo de su frondosa copa las luminosas mañanas frescas del verano y observar el suelo desde cierta distancia... Pero dejemos de andarnos por tan poéticas ramas y volvamos a lo que íbamos.


M. C. Escher, Balcony (1945)

Posteriormente quedé prendado de los relatos agrupados con el título "Los amores difíciles" (veo el volumen profusamente subrayado con una anotación bajo el título que dice "excelente, el relato minucioso de la normal cotidianeidad" pero no pude con "Todas las cosmicómicas". Sí me interesó "Por qué leer los clásicos" ("un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir") que forma parte de los volúmenes de textos inéditos que dejó Calvino al fallecer en 1985 y que presenta gran parte de los ensayos y artículos del autor sobre "sus clásicos".

En uno de los Babelia del pasado mayo, dedicado a la última Feria del Libro de Madrid, apareció una selección de Justo Navarro de libros de autores italianos, todos conocidos, titulada "Medio siglo en ocho fuentes". De "Las ciudades invisibles" (Ediciones Siruela, colección Biblioteca Calvino nº 3) escrito en 1972, dice que según Natalia Ginzburg es el libro más bello de Calvino y que aceptando la confusión de géneros, es interesante confrontar "Las ciudades..." con la mejor poesía que entonces se publicaba.

M. C. Escher, Print gallery (1947)

Clasificadas en 11 series, cada una de 5 textos numerados, se describen desordenadas 55 ciudades imaginarias con nombre de mujer, fuera del espacio y del tiempo. Libro poliédrico, vale tanto empezar por el principio como por el final o por el medio: hay que dar vueltas hasta perderse, pero sobre todo releer.

La leve trama argumental, destacada en cursiva, es la descripción de los encuentros del viajero Marco Polo con Kublai Kan, emperador de los tártaros, para dar cuenta de sus viajes por las ciudades del imperio. Pero pronto el Gran Kan advierte el mecanismo de las narraciones del viajero y ya "su mente partía por cuenta propia, y desmontaba la ciudad parte por parte, la reconstruía de otro modo, sustituyendo ingredientes, desplazándolos, invirtiéndolos. Entretanto Marco seguía contando su viaje, pero el emperador ya no lo escuchaba, lo interrumpía: De ahora en adelante seré yo quien describa las ciudades y tú verificarás si existen y si son como yo he pensado".

"Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero esos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con las imágenes de ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente, escondidas en las ciudades infelices", dice Calvino en la nota preliminar.

M. C. Escher, Convex and concave (1955) 

Italo Calvino, Las ciudades invisibles: "Las ciudades y los intercambios. 2".

En Cloe, gran ciudad, los personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen.

Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, los ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura con otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que en un instante todas las combinaciones se agotan y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto por una cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así entre quienes por casualidad se juntan bajo un soportal para guarecerse de la lluvia, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos.

Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

 
M. C. Escher, Reptiles (1943)

 Maurits Cornelis Escher, más conocido como M. C. Escher
 (Leeuwarden, Países Bajos, 1898 - Hilversum, Países Bajos,
 1972), artista holandés, famoso por sus grabados en madera,
 xilografías y litografías que tratan sobre figuras imposibles,
 teselados y mundos imaginarios. Su obra experimenta con
 diversos métodos de representar perspectivas y espacios
 paradójicos. No fue un estudiante brillante y sólo llegó a
 destacar en las clases de dibujo. Comenzó estudios de
 arquitectura que abandonó poco después para interesarse
 por las artes gráficas. Adquirió unos buenos conocimientos
 de dibujo y destacó en la técnica de grabado en madera que
 llegó a dominar con gran maestría: a lo largo de su carrera
 realizó más de 400 grabados y también unos 2.000 dibujos
 y borradores.

 Paisajes: perspectivas y figuras imposibles.
 Metamorfosis y Ciclos: simetría y equilibrio. 

 M. C. Escher, High and low (1947)

domingo, 8 de julio de 2012

Ischia y los girasoles

(Son mayormente "voces" lo que por aquí traigo; hoy voy a comenzar fijando el "ámbito")

Con sus casi mil trescientos metros de altura, el Vesubio se alza imponente en mitad del Golfo de Nápoles; los griegos y los romanos lo consagraron a Heracles o Hércules, el de la extraordinaria fuerza. Allá por el año 79 una catastrófica erupción del coloso sepultó las ciudades de Pompeya y Herculano, y aún hoy continúa vivo y amenazante.

El Golfo de Nápoles, bañado por el Tirreno, se cierra al noroeste por el Cabo Miseno y su continuación las Islas Flégreas, Procida e Ischia, y hacia el sureste por Punta Campanella, a la que pone punto la más famosa isla de Capri. En el norte de Campanella se sitúa Surriento o Sorrento, "terra dell'amore" a donde es menester tornar, y en el sur la bellísima Costiera Amalfitana ya en el Golfo de Salerno.

Cuenta la mitología que Zeus, padre de Hércules, derrotó en fiero combate a los titanes Tifeo y Mimante que, como castigo, fueron sepultados bajo Ischia y Procida respectivamente: así explicaban los antiguos los continuos temblores que agitaban estas tierras.

Una vez, hace ya tiempo, pasé una semana en Ischia. Con una superficie inferior a los 50 km2, es un importante destino turístico y un lugar de cine. Pueden hacerse idea de ambas cosas pulsando sobre "La película que no rodó Billy Wilder" y leyendo el entretenido artículo de Carlos Pascual (ElPaís 10.01.09).

Afiche de Avanti! -en España ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?- divertido lío romántico dirigido en 1972 por Billy Wilder y protagonizado por el mejor Jack Lemmon. También A pleno sol (1959) con Alain Delon y su remake El talento de Mr. Ripley (1999) con Matt Damon, han sido filmadas en el "arquetípico paraiso mediterráneo de Ischia".

Era aún invierno, un invierno benigno y soleado, y la tranquilidad en la isla era absoluta. De mi estancia guardo sobre todo tres imágenes nítidas: la arribada, un atardecer de luz anaranjada, a Ischia Porto, formado por el cráter de un volcán hundido, la impresionante estampa del Castello Aragonese que se alza sobre un escollo comunicado con la isla a través del puente que Alfonso de Aragón hizo construir en 1438 y el "pittoresco borgo marinaro di Sant'Angelo" en el sur.

Procida y detrás Ischia, vistas desde el cabo Miseno un atardecer de luz anaranjada.

Mi casero era un hombre ya mayor, alto y enjuto, con un abundante cabello gris que constantemente se peinaba hacia atrás con ambas manos, curtido rostro iluminado por vivaces ojos azules y elegante apostura. Vestía habitualmente un blazer azul marino con botones dorados sobre camisa celeste o blanca y pañuelo de seda al cuello, vaqueros y calzado naútico; en casa usaba batín y zapatillas de piel.

Alquilaba a visitantes recomendados por conocidos habitaciones de su villa: dos plantas adosadas a un antiguo torreón de piedra restaurado, contruidos sobre una pendiente que ofrecía unas vistas magníficas del puerto y la línea de costa. El acceso, común a las casas colindantes, era un empinado y estrecho camino pavimentado con losas de piedra que sólo podía hacerse a pie.

El espacio de la planta baja se lo repartían un pequeño despacho que hacía las veces de recepción, la cocina, un cuarto para el servicio, un baño, y un gran salón con la televisión a un lado y una chimenea en el contrario, con sofás y sillones, una amplia y sólida mesa con sillas y una estantería de mampostería, que ocupaba toda una pared del suelo al techo, repleta de libros y revistas. En la planta superior había cinco o seis dormitorios y un par de cuartos de baño comunes.

La villa estaba rodeada por un jardín un tanto descuidado, delimitado por cipreses y setos de aligustre, con cactus, pitas, adelfas y un enorme árbol de mimosas. Durante el día todo permanecía abierto y numerosos gatos campaban a sus anchas por doquier. Un par de mujeres, entre cotilleo y cotilleo y tarareando canciones napolitanas, servían los desayunos y se ocupaban de la compra y de los quehaceres domésticos.

Ischia Porto, formado por el cráter de un volcán hundido; al fondo Castello Aragonese.

Llamaba la atención que todos los cuadros de la casa fueran, con mínimas variaciones, siempre el mismo: unos girasoles en un jarrón pintados al estilo Van Gogh. En los dormitorios, en el salón, en los pasillos, hasta en la cocina y en los cuartos de baño, había al menos un lienzo, más grande o más pequeño, pintado al óleo y enmarcado, con los girasoles más lozanos o más mustios, más verdes y amarillos o más secos, con una flor de más o de menos, con distintos fondos neutros entre el ocre y el gris; llegué a contar más de veinte, siempre el mismo cuadro y siempre sin firma ni fecha. Curioso, pregunté a la más joven de las señoras de la limpieza sobre el autor y el porqué de la repetición pero se puso muy seria y me espetó, haciéndome sentir impertinente, "qué importa eso, ¿acaso no le gustan?".

No era cuestión de madrugar más de la cuenta, así que salía a media mañana a recorrer la isla, después de desayunarme unos huevos revueltos con ajetes tiernos, tostadas con mantequilla y mermelada, un café y un zumo de naranja, con la cámara de fotos, el mapa y un par de guías turísticas, y volvía con la puesta de sol, ya cenado; calentaba un vaso de leche en la cocina y me iba a mi cuarto a leer hasta que me vencía el sueño.

Una noche desapacible, de lluvia y viento racheado, se me hizo más tarde de lo habitual y cuando llegué a la villa, empapado tras ascender en la oscuridad por el empinado camino de piedra, me encontré con la puerta cerrada; hice sonar la campana de la entrada y me abrió el casero en persona, con su batín, su pañuelo al cuello y sus zapatillas de piel.

Tal debía ser mi aspecto que se ocupó él mismo de calentarme el vaso de leche mientras me cambiaba de ropa, ofreciéndome además una copa de grappa que acepté encantado. Nos sentamos en el salón frente a la chimenea que estaba encendida y nos pusimos a charlar. Hasta ese momento apenas habíamos intercambiado un par de palabras, salvo a mi llegada para cerrar el precio de la habitación, pero probablemente la grappa con la que íbamos recebando los vasos fue animando la conversación.

La impresionante estampa del Castello Aragonese que se alza sobre un escollo.

Así me enteré de que era de Nápoles, de que durante más de treinta años había ejercido la abogacía en Roma hasta que a la jubilación, él y su mujer, que había sido profesora universitaria de química, habían decidido vender su casa y comprar la villa en Ischia; de que su mujer había muerto hacía tres años y que después de cuarenta años de matrimonio la echaba mucho de menos, por lo que para ocuparse en algo que le distrajera de los recuerdos alquilaba habitaciones; de que su hijo, que también era abogado, había hecho su vida en un Milán "troppo lontano" y que venía con su esposa y sus dos hijos en verano a pasar una quincena con él.

Tras un silencio que aprovechó para escanciar más grappa me miró fijamente y, cambiando de tono, me lanzó de sopetón: "Parece que se interesa usted por los cuadros de la casa; le he visto detenerse delante de los girasoles y observarlos atentamente: ¿qué le parecen?". Aquello me cogió por sorpresa; recordé la áspera contestación de la señora de la limpieza a mi curiosidad e intenté dubitativo hilar alguna respuesta. "Verá", me interrumpió sin dejar de mirarme pero con una comprensiva sonrisa, y me contó lo siguiente:

Llegamos con alegría e ilusión para comenzar una nueva vida. Solíamos veranear en la isla y apreciábamos su belleza y la tranquilidad de los inviernos. Habilitamos el torreón y nos mudamos enseguida para, a continuación, ocuparnos de la casa que también necesitaba algunas obras.

En fin, todo iba sobre ruedas hasta que al año de estar aquí mi mujer se notó un bulto en el pecho y el diagnóstico fue el temido. Como era de suponer encajó muy mal la amputación y se deprimió enormemente. Los agresivos tratamientos posteriores no demostraron efectividad y, al tiempo que íbamos perdiendo toda esperanza de curación, se le fue agriando el carácter más y más.

El "pittoresco borgo marinaro di Sant'Angelo" en el sur.

De naturaleza vital y maneras amables se volvió huraña. Dejó de relacionarse hasta con los vecinos negándose incluso, por no sentirse compadecida, a que se dieran razones de su estado: fíjese que llegó a correrse la voz de que se había vuelto loca. Dejó de salir de la villa y con el tiempo ni tan siquiera al jardín; me costaba convencerla de tomar el barco a Nápoles para que el hospital revisara los tratamientos, hasta que también se negó a ello. Descuidó su aspecto e higiene, y dejó de comer excepto lo imprescindible y siempre de forma desordenada.

Nunca había demostrado interés alguno por la pintura pero le dió por ahí de forma compulsiva. Ensimismada, apenas me dirigía la palabra pero me dejaba notas para que le comprara vino, tabaco, libros y materiales de pintura, y se pasaba el tiempo encerrada en el estudio del torreón.

Aquí interrumpió su relato y me hizo un gesto para que lo siguiera. Al final del pasillo abrió una puerta que comunicaba con el torreón y ascendimos dos plantas por una escalera de piedra adosada al muro hasta el piso superior, dónde se abría un espacio todo diáfano con dos grandes ventanales. Las paredes estaban totalmente cubiertas por lienzos de diferentes tamaños sin enmarcar, algunos inacabados, siempre con los girasoles; en el suelo y apoyados en la pared uno sobre otro, muchos más; también un par de caballetes, con taburetes delante, sostenían lienzos con esbozos al carboncillo. Sobre una vieja cómoda estaba el jarrón de barro que aparecía en los cuadros conteniendo girasoles secos; había también un sofá desvencijado, una estantería metálica con una veintena de gruesos libros de arte y una mesa con tubos de pintura, paletas, espátulas, pinceles y botes con aceites y disolventes; todo limpio y ordenado, listo para usarse.

Sobrecogido, yo miraba todo con atención sin hacer un gesto. Sabe -dijo con la voz entrecortada y los ojos húmedos- nunca supe porqué eligió precisamente este motivo de los girasoles de Van Gogh. Supongo que esta repetición es la búsqueda de la perfección, el intento de captar una esencia; pero también un exorcismo, un sujetarse a la vida reteniendo la de esas flores antes de que las marchitara el tiempo, una vida que se escapaba al tiempo que la suya, su vida misma.

Afuera, el temporal amainaba. Había dejado de llover y la luna encontraba ya resquicios entre las nubes negras para iluminar de forma intermitente la espuma de las olas. Tifeo, a pesar de sus esfuerzos, continuaba aprisionado bajo Ischia.

Girasoles de Van Gogh

viernes, 23 de marzo de 2012

El coño de Alma (y III)

Tara Lynn, modelo XXL

EL COÑO DE ALMA por Gustavo Malo.
A Juan Manuel de Prada por “Coños”, de dónde me permití robar alguna metáfora.

(... continuación)

La luz del ocaso se colaba por las rendijas de la persiana dibujando franjas oscuras en su cuerpo de cebra. El humo entrecortado de los cigarrillos nos aprisionaba con barrotes de niebla densa. Me gustaba meter la cara en el vaho de la oscuridad húmeda de su axila con la mano abandonada sobre su pecho arrebolado y besarle los labios inertes, entreabrirlos con la lengua y sumergirme en su boca, manantial de dulce saliva fresca como el agua de un botijo. Inmóvil, con la mirada extraviada, se dejaba hacer.

Mientras, la oscuridad iba apoderándose de la alcoba. Alma se desperezaba a cámara lenta con gemidos de satisfacción felina. Envuelta en las sábanas se sentaba sobre la cama y, recuperada la chispa de sus ojos, iniciábamos conversaciones fragmentarias con voces enronquecidas y risas espontáneas. Cada tarde aprovechaba la relajada intimidad de ese momento, y entre rodeos y divagaciones, mostraba mi curiosidad por su particularidad anatómica tan celosamente enfundada. Ella, sistemáticamente, se escabullía a mis ruegos esgrimiendo vergüenza por argumento, hasta que por fin, un día, mi insistencia venció su tímida resistencia. Se quitó las bragas y se tumbó en la cama con las piernas entreabiertas. Armado de tijeras y cuchillas de afeitar como si de hacha y machete se trataran, me apliqué en desbrozar de maleza el bosque tropical que crecía en la intersección de sus muslos, sin contemplaciones para con sus renuentes protestas. Desprovista de la intensa intonsidad, bajo su vientre se abría la acogedora sonrisa de su gruta, lista para un reconocimiento espeleológico.

Alma no tiene el coño trilabiado como a simple vista pudiera parecer. Lo que pasa es que tiene un clítoris enorme, del tamaño de un dedo pulgar, que se abre camino entre los dos labios mayores, bajando paralelo a ellos. Tienen las morenas el sexo púrpura como jamón de pata negra, con los labios menores bordeados de cuero viejo. Alma, por el contrario, posee interioridades de rubia, de sonrosado jamón york. Aprisionado entre los labios mayores, abultados y mullidos como las nalgas de un bebé, sobresale el clítoris como el lomo de un crisolín, que desde la comisura de los labios baja hasta la entrada de la vajina, imposible de penetrar sin rozarlo al mismo tiempo. Cualquier leve contacto con él le ocasiona estremecimientos de placer, o de dolor, si el placer fue reciente.

Alma no usa nunca pantalones sino floreados vestidos sueltos de “casa de la pradera”. A todas partes carga con un bolso enorme, lleno de toallas y bragas de repuesto. Cuando anda por la calle, mantiene el paso mesurado, parándose con frecuencia en los escaparates para recuperar el resuello y aliñar la compostura, y procura utilizar siempre los ascensores porque las escaleras le arrebatan los sentidos. A veces, aprovecha cualquier lugar para una sesión de copiosos orgasmos: el cine, una cafetería o el autobús. No tiene más que relajarse y apretar los muslos.

Yo que la frecuento, reconozco su mirada perdida, el rubor de sus mejillas y el temblor de sus piernas. La observo divertido y ella, después de pasarse la lengua por los labios gruesos y oscuros que humedecidos y lustrosos semejan picotas recién lavadas, enarca una ceja, espesa como un pincel, que se alza como el acento circunflejo de “fenêtre” sobre la ventana de su mirada enigmática de Mona Lisa y, con juguetona ironía, me devuelve su sonrisa más traviesa.

Para su cumpleaños le he comprado una bicicleta.

- - o - -

Gustavo Malo (pseudónimo), natural de Cáceres, es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Badajoz. Le gustan las mujeres y le gusta el vino y colecciona los volúmenes de La Sonrisa Vertical de Tusquets Editores.

Crystal Renn, modelo XL

sábado, 17 de marzo de 2012

El coño de Alma (II)

Crystal Renn, modelo XL

EL COÑO DE ALMA por Gustavo Malo.
A Juan Manuel de Prada por “Coños”, de dónde me permití robar alguna metáfora.

(... continuación)

Con risas traviesas, condescendiendo a la urgencia de mi deseo desbocado, me tumbaba boca arriba sobre la cama y procedía a desnudarme con frenética vehemencia. Arrodillada entre mis piernas se sacaba la falda y la camisa por la cabeza y se liberaba del abrazo del sostén; pero nunca se dejaba quitar las calzonas. Tiraba hacia arriba de ellas para ajustarlas mejor a la cintura y, remetiendo un dedo, recolocaba los elásticos que se cerraban en torno a los muslos, devolviendo a su lugar la porción de culo derramada fuera. Entonces, levantaba ambos brazos y llevando las manos a la nuca, con un rápido movimiento de los dedos, desanudaba la goma que ataba el cabello, oscuro y espeso como un charco de alquitrán, que rebelde se desparramaba sobre su cara dejando oculta la mitad de su rostro.

Yo aprovechaba ese momento para observar su torso prehistórico de diosa de la fecundidad apoyado sobre las columnas macizas de los muslos: el negro vellocino de los sobacos, las rotundas tetas de alabastro con areolas como monedas de diez duros, las asas de sus caderas generosas, el botón del ombligo levemente hundido en la grávida convexidad de su vientre… Una densa sombra oscura se transparentaba a través de la tela tirante de las bragas, y por los elásticos con que se ajustaban a las piernas escapaban tupidos rizos, flecos de la felposa alfombra del pubis.

Juguetona, se sentaba sobre mi pecho y, sujetándome por las muñecas, me mantenía crucificado a la cama mientras columpiaba los senos sobre mi cara. Yo intentaba comerle los pezones como un niño juega a morder sin ayuda de las manos una manzana suspendida de una cuerda. Le gustaba ensalivarme las axilas para después soplar suave hasta hacerme cosquillas o rascarme levemente el interior de los muslos observando divertida los estremecimientos de mi miembro a punto de estallar.

Por fin, me cogía la polla y se la metía en la boca. Mientras me la chupaba, se me sentaba sobre la cara e, inmovilizados mis brazos bajo sus piernas, me restregaba por el rostro el coño, siempre enfundado, mullido por trilabiado, en un sesenta y nueve un tanto descafeinado. Sus orgasmos, que yo notaba por el temblor incontrolado de sus muslos, eran sordos como de dormitorio de internado, pero intensos y caudalosos como olas de una mar embravecido. Paulatinamente, una mancha de humedad iba extendiéndose por sus bragas, al igual que el fuego que devoraba el “mapa de Bonanza”, hasta empaparme la cara de agua salada con aroma de playas ignotas y sabor a crustáceos.
(Continuará...)

Crystal Renn, modelo XL

martes, 13 de marzo de 2012

El coño de Alma (I)

Tara Lynn, modelo XXL

EL COÑO DE ALMA por Gustavo Malo.
A Juan Manuel de Prada por “Coños”, de dónde me permití robar alguna metáfora.

Alma no tiene el coño trilabiado como a simple vista pudiera parecer. Lo que pasa es que tiene un clítoris enorme, del tamaño de un dedo pulgar, que se abre camino entre los dos labios mayores, bajando paralelo a ellos.

La conocí una tarde lluviosa de invierno en un café de suelo ajedrezado y mesas de mármol frío calentado con carajillos y aguardiente, entre la blanca doble y el as de bastos, al arrullo de un bolero. Entre ficha y ficha, naipe y naipe, ocioso, dejaba resbalar la mirada por el local abarrotado de gente que acodada en la barra, apoyada en las columnas con los vasos en la mano o reunida alrededor de las mesas, mantenía animadas conversaciones, deteniéndola distraída en sus rostros, tamizados por el humo denso de los cigarrillos, multiplicados en los espejos.

Una y otra vez, con involuntaria insistencia, mis ojos se tropezaban con los suyos que pudorosos huían veloces. Provocador me puse a perseguirlos con insolencia, con descaro, hasta que por fin me sostuvo la mirada con una leve sonrisa consentidora.

Alma tiene las manos y los pies pequeños pero el cuerpo grande, barroco, rubeniano, pleno de mórbidas turgencias. En tiempo de modelos anoréxicas su belleza resulta anacrónica a la vista. Pero no importa, porque cuando en la penumbra de la alcoba, ciego de deseo, me pierdo entre sus pliegues, son otros los sentidos a satisfacer.

Recuerdo que al principio, vergonzosa y esquiva, no me dejaba jugar con su coño. Cada atardecer, después de las secretas confesiones del café, se tumbaba perezosa sobre la cama de su alcoba de piso de estudiante e indolente me dejaba hacer. Yo la distraía con besos y arrumacos, mordiendo sus labios, recorriendo con la punta de la lengua el laberinto de sus orejas, mientras mis manos perseverantes le ganaban la partida a sus ropas. Me dejaba acariciar las esferas de sus senos, pellizcarle los pezones o sopesar la firmeza de unas nalgas inabarcables, pero cuando amasando la harina de sus muslos pretendía abrirme camino hacia el vientre, cerraba las piernas reprimiendo el ascenso de la mano exploradora.

(Continuará...)

 Tara Lynn, modelo XXL

sábado, 3 de marzo de 2012

El culo de la arquitecta


EL CULO DE LA ARQUITECTA por Pedro Mairal.

No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido de las modelos flacas. A mí me gustan grandes, hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que sobresale y se autosustenta como un milagro de ingeniería. El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompa viva y prodigiosa.

Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que en realidad son una intelectualización. Las tetas son renacentistas pero el culo es primitivo, neanderthaliano. Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro costado más bestial: el del acoplamiento a cuatro patas. Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El culo, en cambio, es lírico, musical, cadencioso, indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema.

Porque el culo siempre se aleja, siempre se va yendo, invitando a que lo sigan. Se mueve en dirección contraria de las tetas, que siempre vienen y por eso suelen ser alarmantes, amenazadoras, casi bélicas (me acuerdo de las tetas de Afrodita, la novia de Mazinger Z, que se disparaban como dos misiles). Las tetas confrontan; el culo huye, es elegía de sí mismo, se va yendo como la vida misma y deja tristes a los hombres pensando qué cosa más linda, más llena de gracia aquella morena que viene y que pasa con dulce balance camino del mar.

Las argentinas tienen orto, las colombianas jopo, las brasileras bunda, las mexicanas bote, las peruanas tarro, las cubanas nevera o fambeco, las chilenas tienen poto. O mejor dicho, las chilenas no tienen poto, según mis amigos transandinos que se quejan de esa falta y quedan asombrados cuando viajan por Latinoamérica. Yo mismo casi me encadeno a la muralla del Baluarte de San Francisco, en el último Festival de Cartagena de Indias, para no tener que volver y poder seguir admirando el desfile incesante de cartageneras o barranquilleras cuyos culos altaneros merecían no este breve artículo sino un tratado enciclopédico o un poemario como el Canto General.

De las cosas que hacen las mujeres por su culo, la que más ternura me da es cuando lo acercan a la estufa para calentarlo. No lo pueden evitar. Pasan frente a una chimenea o un radiador y acercan el culo, lo empollan un rato. El culo es la parte más fría de una mujer. Siempre sorprende al tacto esa temperatura, el frescor del cachete en el primer encuentro con la mano.

Durante el abrazo, se puede llegar a los cachetes de dos maneras. Una es desde arriba, si la mujer tiene puesto un pantalón, pero es dificultoso y lo ajustado de la tela impide la maniobra y la palmada vital. La otra forma es desde abajo y eso es lo mejor, cuando se alcanza el culo levantando de a poco el vestido, por los muslos, y de pronto se llega a esas órbitas gemelas, esa abundancia a manos llenas. En ese instante se siente que las manos no fueron hechas para ninguna otra cosa más que para palpar esa felicidad, para sentir con todos los músculos del cuerpo la blanda gravitación, el peso exacto de la redondez terrestre.

Se suele pensar que, en el sexo, la posición de perrito somete a la mujer. Pero hay que decir que abordar por detrás a una mujer de ancas poderosas puede ser todo lo contrario: es como acoplarse a una locomotora, como engancharse en la fuerza de la vida, hay que seguirla, no es fácil, uno queda subordinado a su energía, hay que trabajar, darle mucha bomba, carbón para la máquina. Es uno el que queda sometido a su gran expectativa, absorto, subyugado, vaciándose para siempre en la doble esfera viva de esa mantis religiosa.

Una vez vi un hombre de unos 45 años dando vueltas al parque, corriendo tras su personal trainer. Lo curioso es que era una personaltrainer, y las calzas azules de esta profesora de gimnasia evidenciaban que tenía un doctorado en glúteos. Como el burro tras la zanahoria, el hombre corría tras ella sin pensar en nada más que ese seguimiento personal. No me sorprendería que a la media hora hubiera un grupo de corredores trotando detrás, en caravana. La música de los culos es la del flautista de Hamelin. Los hombres, con su legión de ratones, van tras ella, hipnotizados.

Las mujeres saben aprovechar sus recursos. Yo trabajé en una empresa en el mismo piso que una arquitecta narigona (esas narigonas sexys) y con un 'tremendo fambeco'. Ella sabía que era su mejor ángulo y lo hacía valer, con unos pantalones ajustados que dejaban todo temblando. Era una de esas oficinas cuadradas, llenas de líneas rectas: el almanaque cuadriculado, la tabla rectangular del escritorio, la ventana, los estantes, las carpetas de archivos. Un lugar irrespirable de no ser por el culo de la arquitecta que a veces pasaba camino a tesorería o a la fotocopiadora. Su culo era lo único redondo en todo este edificio de oficinas. Lo único vivo yo creo. Nunca intenté nada (se decía que tenía un novio), pero en aquella época yo pensaba escribir una novela con los acoplamientos heroicos que imaginé con ella. Una novela que iba a titular, con un guiño a Greenaway, 'El culo de una arquitecta'.

No escribí ni dos líneas de esa novela, pero sí algunos poemas que ella nunca leyó. Me acuerdo que la veía antes de verla, la intuía en un ritmo particular que tenía el sonido de sus pasos, un peso, un roce de la cara interna de sus muslos de falsa mulata. Cuando aparecía en el rabillo de mi ojo, ya sabía plenamente que se trataba de ella. Y pasaba, y todo se detenía un instante, el memo, el mail, la voz en el teléfono, todo se curvaba de pronto, no había más rectas, todo se ovalaba, se abombaba, y el corazón del oficinista medio quedaba bailando. No exagero.

Además era plena crisis del 2002. Todo se derrumbaba, caían los ministros, los presidentes, caía la economía, la moneda, la bolsa, caía el gran telón pintado del primer mundo, caía la moral, el ingreso per cápita, todo caía, salvo el culo de la arquitecta que parecía subir y subir, cada vez más vivaracho, más mordible, más esférico, más encabritado en su oscilación por los corredores, pasando en un meneo vanidoso que parecía ir diciendo no, mirame pero no, seguime pero no, dedicame poemas pero no. Ojalá ella llegue a leer esto algún día y se entere del bien que me hizo durante esos dos años con solo ser parte de mi día laborable, pasando con tanta gracia frente al mono de mi hormona. Y ojalá se entere también de que, cuando me echaron, lo único que lamenté fue dejar de verla desfilar por los pasillos, respingando el durazno gigante de su culo soñado.

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Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970. Cursó la carrera de Letras en la Universidad del Salvador, donde fue profesor adjunto de la cátedra de Literatura Inglesa. En 1996 publicó el libro de poesía 'Tigre como los pájaros' (Mención Premio Fortabat). En 1998 obtuvo el Premio Clarín de Novela por 'Una noche con Sabrina Love', que fue llevada al cine y traducida a varios idiomas. En el 2001 publicó el libro de cuentos 'Hoy temprano' y en el 2003 el libro de poesía 'Consumidor final'.