jueves, 14 de marzo de 2013

viernes, 8 de marzo de 2013

Antonio Covarsí (3)

Antonio Covarsí: Cinco relámpagos estallan en sollozos

Antonio Covarsí:   FRAG MEN TOS   2000 - 2002
Galería Christian Franco, Avenida Juan Carlos I nº 10, 06001 Badajoz
Del 23 de abril al 8 de mayo de 2002
 
Fragmentos es una serie de 60 fotografías en blanco y negro montadas sobre puertas y ventanas, recuperadas y restauradas por el autor (recuerdo haber sorprendido por entonces a Cosme rebuscando en los contenedores de ripios y basura de la calle). Las imágenes aquí mostradas pertenecen a la invitación y al folleto de la exposición.

En las fotografías, compuestas para encajar en los marcos, se juega con la profundidad de campo. La trama son gotas de lluvia sobre un cristal y en un segundo plano, fuera de foco, el sujeto o motivo de la imagen: indagaciones poéticas de la realidad subrayadas con versos extraídos del libro Tiempo de espera de Pablo Guerrero.

 
El espectador se encuentra de frente con las hojas horizontales de dos ventanas tras cuyos cristales, salpicados por la lluvia, discurre una serie narrativa. «Nada queda sin la constatación de su mirada» reza el título, un verso doblemente explícito: porque se ajusta a la imagen y porque incluye una rigurosa definición del arte, del oficio y del afán de Antonio Covarsí: constatar la existencia de la realidad a través de la aplicación singular de su mirada. No se trata, pues, de la aplicación del tópico: que el objetivo de la cámara sea prolongación de los ojos del fotógrafo y que ojos y objetivo sean la suma o la combinación de la técnica y el hombre, porque hace tiempo que quedó sobreseído el atractivo léxico que derivaba del hecho de que precisamente la palabra «objetivo» se convirtiera en el nombre común del «ojo» de la cámara y pusiera así de manifiesto no sólo la oposición radical entre «objetivo» y «subjetivo», sino, sobre todo, la exclusión del hombre (el sujeto) de toda definición neutral de la realidad (el objeto) y su sustitución definitiva por el objetivo de la cámara. «La naturaleza que habla a la cámara es distinta de la que habla al ojo», escribía Walter Benjamin en 1931; «distinta sobre todo porque, gracias a ella, un espacio constituido inconscientemente sustituye al espacio constituido por la conciencia humana». Pero la fotografía abjuró pronto del espejismo de una naturaleza técnica que la condenaba a ser sólo representación «objetiva» y documental de la realidad y prefirió que el «objetivo» se volviera «subjetivo» y que las imágenes alcanzaran significación poética. El espacio dejó de ser un azar inconsciente y fue el fotógrafo el que advirtió la condición natural de los espacios fotografiables y el que decidió crear las condiciones de la fotografía, la cualidad de los escenarios, la reproductibilidad de los objetos. En este sentido, llevando hasta el extremo tan particular relación de ojos objetivos y subjetivos, Antonio Covarsí ha decidido acotar en sus «Fragmentos» una parcela muy concreta de la realidad, la que se configura en torno a otro tipo de objetivos o de ojos: las puertas y las ventanas, que no son sino las miradas huecas de la arquitectura. Y, elegida la dimensión visual, la cámara de Covarsí se coloca en los dos lados, dentro y fuera, de modo que el espectador que contempla sus fotografías va sucesivamente del interior al exterior, alternando perspectivas que a un tiempo lo sitúan y lo descolocan. Tras las puertas y las ventanas predominan los rostros («Grietas de soledad», «Un roce de miradas con brillos minerales») y los ojos, ojos que miran hacia fuera, que se esconden tras las celosías en multiplicación oculta de la mirada («Quien huye del destino y entierra su mirada»), que tal vez miren al espectador: una representación reflexiva o especular, vemos ojos que nos ven y ojos que nos miran, nos vemos y nos reflejamos. El interior es oscuro y enigmático, una suerte de penumbra difusa y misteriosa, una desolación cautiva e indescifrable. Pero si el espectador entra en la imagen y se sitúa de puntillas junto a los personajes que lo miran, junto a esas muchachas de «Era tu cuerpo lleno, vacío de mentiras» que apenas dejan intuir una brumosa intimidad doméstica, junto al semblante afligido de «Señas de identidad», las ventanas se interponen entre la lluvia y el paisaje, la visión se difumina y el espacio se destiñe. Se adivinan las siluetas de un panorama estático: el muro de enfrente, la curva desleída del camino, el esqueleto invernal del árbol de la avenida, unas flores o unas manchas de tierra, gotas de lluvia trazando regueros de tinta sucia en el cristal, esqueletos de mariposas, caprichos informes del azar del agua en los cristales. Se trata, en definitiva, ya sea dentro o fuera, de la interminable hipnosis de la lluvia, el fenómeno siempre igual y siempre renovado de la alteración de la realidad que produce la lluvia. De ahí, sin duda, que Antonio Covarsí la haya elegido como eje, o límite, o frontera, entre la realidad y su mirada, como filtro central de estos «Fragmentos»: de un lado los rostros, los ojos, los paisajes; de otro lado, la multiplicación de cristales y sus peculiares transparencias: puertas o ventanas, objetivo de la cámara, ojo del fotógrafo; en el centro, en fin, último cristal, la lluvia.
(06.05.05 Constatación de la mirada:
Gonzalo Hidalgo Bayal a propósito de Fragmentos)
 

domingo, 3 de marzo de 2013

Cómics: Davodeau / Pedrosa

 
LOS IGNORANTES, Relato de una iniciación cruzada - Étienne Davodeau
Ediciones La Cúpula, Barcelona 2012 - Tapa dura, 20 x 28 cm. 273 páginas
Étienne Davodeau es un autor de cómic que no sabe casi nada del mundo del vino. Richard Leroy es un viticultor que casi no ha leído cómics. Pero los dos están rebosantes de buena voluntad y de curiosidad ¿Por qué alguien decide consagrar su vida a dibujar cómics o a producir vino? ¿Cómo y para quién se hacen? Para responder a estas preguntas, durante más de un año Étienne se ha ido a trabajar a los viñedos y a la bodega de Richard, quien, a su vez, se ha sumergido en el mundo del cómic. Han abierto muchas botellas y leído bastantes cómics. Se han paseado en busca de autores y viticultores apasionados por su oficio. Étienne Davodeau apuesta a que hay tantas formas de realizar un libro como de producir vino. Constata que ambos tienen ese poder, necesario y precioso, de unir a los seres humanos. Los ignorantes nos propone el feliz relato de esta iniciación compartida. (De la contraportada).
 
Estas Navidades mi hermano y mi cuñada me han sorprendido con el estupendo regalo de Los ignorantes. Tras la lectura, y siguiendo su recomendación, me he agenciado Portugal (Premio FNAC, Festival Internacional del Cómic de Angoulême 2012) del que también he dado buena cuenta. Ambos han sido un auténtico disfrute.
 
A lo largo de mi vida de lector empedernido no he prestado especial atención al cómic. Hago memoria y reviso mi biblioteca... los TBO de la infancia: Zipi y Zape (Escobar); Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe, El botones Sacarino, Rompetechos, Pepe Gotera y Otilio (todos ellos de Ibáñez); algún Roberto Alcázar y Pedrín (Juan Bautista Puerto y Eduardo Bañó) y El Guerrero del Antifaz (Manuel Gago), pero más de El capitán Trueno (Víctor Mora y Ambrós) y su autocompetencia El Jabato (Victor Mora y Francisco Darnís) comprados en los quioscos de San Francisco. Ya en la adolescencia no me perdí ningún Tintín (Hergé) y ningún Astérix (Goscinny y Uderzo), y tampoco algún Lucky Luke (Morris y Goscinny). Por influencia de mi tío Rafael coleccioné los fascículos de Los Forrenta, La Constitución, Historia de Aquí y Forges '82 (todos ellos de Forges). Y de adulto, "cómics de adultos": las historietas eróticas de Horacio Altuna y Milo Manara (ver aquí entrada con reseña de Los Borgia) y los Valentina, Historia de O y La Venus de las Pieles (de Guido Crepax). Veo también en las estanterías una adaptación del Drácula de Stoker/Coppola firmada por Thomas, Mignola y Nyberg y un precioso libro de retratos de artistas de Tullio Pericoli, regalo de mis padres.
 
El cómic, la historieta, nace como fenómeno de masas en la prensa estadounidense de finales del XIX. Desde que también se ha puesto a dibujar la realidad lo llamamos "novela gráfica". Con un lenguaje distinto al puramente literario, cinematógrafico o fotográfico/pictórico, aunque sirviéndose de todos ellos, fondo y forma se entremezclan ofreciendo nuevas posibilidades expresivas para narrar y emocionar.
 
Al que le interese el tema le recomiendo el artículo de ElPaís Semanal del pasado 10.02.13 Un paseo de cómic con Max, artista invitado al estand de ElPaís en Arco.
 
PORTUGAL - Cyril Pedrosa
Norma Editorial, Barcelona 2012 - Tapa dura, 23,5 x 31 cm. 263 páginas
Simon Muchat es un dibujante de cómics en plena crisis. Después del éxito de su primer libro, sufre un bloqueo que le impide volver a escribir. Este bloqueo lo está destruyendo todo: su trabajo, su vida personal, sus ilusiones... Hasta que recibe la invitación para asistir a un festival de cómics en Portugal, el país de los veranos de su infancia. Allí renacerán en él las ganas de vivir y de crear. Sus colores, sus olores, su idioma, todo se conjura para que Simon decida retomar las riendas de su vida y descubrir el misterio que esconde su familia, originaria de Portugal, y muy distanciada por motivos que se pierden en la bruma de los años. Cyril Pedrosa, autor de Tres sombras, regresa con una historia intimista y poética sobre la familia y la identidad, con un dibujo que ha despertado la admiración de crítica y público en Francia. (De la contraportada).
 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Historia ilustrada de la Música


Breve historia de la música occidental, desde los inicios de la humanidad hasta nuestros días, ilustrada en siete minutos: prehistoria,  música antigua, clásica, jazz, blues, rock, electrónica...
Guión, ilustraciones y edición Pablo Morales de los Ríos; cámara José Hinojosa.

viernes, 22 de febrero de 2013

Antonio Covarsí (2)

Omitiendo las acepciones en desuso, dice el DRAE que RETAR es desafiar a duelo o pelea, o a competir en cualquier terreno; dice también que, coloquialmente, su significado es reprender, tachar, echar en cara. En el María Moliner leo que, además de reprender o reprochar, es incitar o invitar una persona a otra a luchar o competir con ella en cualquier cosa, desafiar. Añado, por último, que el Espasa-Calpe lo hace sinónimo de desafiar, provocar, encararse, enfrentarse, incitar.

El pasado 12 de febrero y al hilo de un recuerdo dedicado a Cosme publicado aquí una semana antes, el amigo Tete1960 introducía un comentario que remitía a su blog Divagando... donde me retaba y a su vez me animaba a retarlo -que no es lo mismo arrojar el guante que recogerlo- a ir aportando "pequeños detalles" de Antonio Covarsí. Aun sin esperar respuesta, inicia él la serie recordando además la publicación de una entrada anterior, pretendiendo así el muy ladino obligarme ya de partida con un 0 - 2.

Esto de desafiar, provocar o incitar a la lucha o competición está muy bien para poner a trabajar a la gente. Me contaba el otro día un compañero de Zaragoza que la forma de conseguir que veinte maños se metan en un seiscientos es decirles que no caben. Por aquí somos más directos: en cuanto uno se descuida es espetado con un "a que no hay cojones" por si cuela. Y es que, aunque sería fantástico según el Nano, no se puede ir distraído por la vida sin correr peligro.

Espero que no se pongan a retarme todos a un tiempo con los temas de su interés. Este mi blog, que me roba su tiempo y que en ocasiones se hace laborioso en exceso, no pretende ser otra cosa que un libre divertimento sin otras obligaciones o prohibiciones que las autoimpuestas, so pena de que se me muera la afición.

Bromas aparte, entiendo que el amigo Tete1960, tomando una de la acepciones de retar que incorpora el María Moliner, me está invitando a dejar alguna pequeña aportación al respecto del fotógrafo y su obra: espero que con esta me conceda al menos el empate.










 
 
El cartel de la exposición de fotografías de Antonio Covarsí celebrada en el Teatro López de Ayala entre noviembre y diciembre de 1994 con motivo del 8º Festival de Jazz de Badajoz que muestra Divagando... corresponde a la colección Los sonidos de la imagen (divertimento) que obtuvo un accésit en los Premios Constitución de 1992. El vencedor de aquella edición fue el cartagenero Juan Manuel Díaz Burgos por la colección Campos de azúcar y miel.

La primera edición de los Premios Constitución de la Junta de Extremadura se convocó en 1983 para las modalidades de Poesía, Teatro, Novela y Ensayo. A partir de 1987 se incorporó la modalidad de Pintura. Y para la convocatoria de 1990 los premios se hicieron extensivos a las modalidades de Composición y Fotografía. A partir de 1994 fueron sustituidos por los Premios Extremadura a la Creación, eliminados por el Gobierno de Extremadura en 2011. En fin, Golpes Bajos y Malos tiempos para la lírica.
 
Las imágenes que aquí aparecen están escaneadas del catálogo Premios Constitución 1992 Fotografía, Editora Regional de Extremadura (Mayo 1993). Los títulos de las nueve fotografías son Opus 1... a Opus 9.


Antonio Cosme Covarsí Rojas nace en Badajoz en 1951. En 1979 es socio fundador de la Agrupación Fotográfica Extremeña, participando activamente en la organización de exposiciones e impartiendo cursos y conferencias. A partir del año 1986 y hasta su prematura muerte en un desgraciado accidente en 2006 compagina la gestión de sus tiendas Itaca Discos con numerosas exposiciones colectivas e individuales y diversas publicaciones en portafolios, revistas y libros. Es considerado uno de los neoexpresionistas más importantes de la historia de la fotografía española reflejando en sus imágenes realidades tramadas y distorsionadas. (Fotografía: Santi).

domingo, 17 de febrero de 2013

Venons, sommes et allons


La conquista social de la Tierra
¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?
Edward O. Wilson (traducción Joandomènec Ros)

Debate (Mondadori). Barcelona, octubre 2012
Tapa dura con sobrecubierta, 16 x 24 cm, 382 páginas
23,90 euros



Edward O. Wilson (Birmingham, 1929), catedrático emérito de la Universidad de Harvard, es uno de los biólogos y naturalistas más importantes del mundo. Su especialidad es la mirmecología, el estudio de las hormigas. Galardonado con el premio Crafoord, equivalente al Nobel de Biología, y ganador en dos ocasiones del premio Pulitzer de no ficción, Wilson es muy conocido por su papel como "padre de la sociobiología", su defensa del medio ambiente y su postura secular y humanista.
 
¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos? En una obra apasionante que culmina el trabajo de toda una vida, Edward O. Wilson plantea estas tres cuestiones fundamentales y demuestra que la religión, la filosofía y la reflexión no pueden dar respuestas por sí solas, y que la única forma realista de resolver el enigma de nuestra condición humana pasa por la erudición científica. El más insigne sucesor de Darwin rediseña la historia de la evolución y recurre a su vasto conocimiento de la biología y del comportamiento social para revelar cómo la "selección de grupo" puede ser el único modelo que explique el origen del hombre, su dominación, y su posterior conquista del planeta...
(De la solapa y contraportada)
 
Por cierto, hablando de dominación y conquista del planeta por el hombre, el otro día leía los números de la ONU referidos a la evolución de la población mundial (millones de habitantes y año): 200 (1 d.C.), 1.000 (1804), 2.000 (1927), 3.000 (1.959), 4.000 (1974), 5.000 (1987), 6.000 (1.999), 7.000 (30.10.2011)... y con control de natalidad en China. Pronto, como en el camarote de los hermanos Marx: vayan cortándose las uñas que no cabemos.
 
Pero volvamos a lo que nos ocupa. Wilson se sirve de la vida y obra de Gauguin para la presentación de su ensayo y quiero suponer que se debe a una causalidad la lectura de este libro con el final de la exposición Gauguin y el viaje a lo exótico en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, sobre la que me quedé con ganas de hacer algún comentario en su momento.

Así pues les dejo aquí el prólogo del libro (que Deus me perdoe se é crime ou pecado, cantaba Amália Rodrigues) para que les entren ganas de comprarlo, y convenientemente ilustrado con desnudos del "salvaje".

Paul Gauguin, Parau api -Quelles Nouvelles?- (1892) 67 x 92 cm (Galerie Neue Meister, Dresde)
 
No hay grial más escurridizo o precioso en la vida de la mente que la clave para comprender la condición humana. Siempre ha sido costumbre de quienes lo buscan explorar el laberinto del mito: para la religión, los mitos de la creación y los sueños de los profetas; para los filósofos, la nuevas percepciones de la introspección y el razonamiento basados en ellos; para las artes creativas, las afirmaciones basadas en un juego de los sentidos.

El gran arte visual en particular es la expresión del viaje de una persona, una evocación de sentimientos que no puede expresarse en palabras. Quizá en lo que hasta la fecha está oculto se halla un significado más profundo, más esencial. Paul Gauguin, cazador de secretos y famoso Hacedor de Mitos (como se le ha llamado), hizo ese intento. Su relato es un telón de fondo valioso para la respuesta moderna que se ofrecerá en la presente obra.

A finales de 1897, en Punaauia, a cinco kilómetros del puerto tahitiano de Papeete, Gauguin se sentaba para plasmar en un lienzo su pintura mayor y más importante. Estaba débil por la sífilis y una serie de ataques cardíacos que lo habían extenuado. Sus fondos casi habían desparecido, y estaba deprimido por la noticia de que su hija Aline había muerto recientemente de neumonía en Francia.

Gauguin sabía que se le acababa el tiempo. Quería que ese cuadro fuera el último. De manera que, cuando lo terminó, se dirigió a las montañas situadas detrás de Papeete decidido a suicidarse. Llevaba consigo un frasco de arsénico que había guardado, quizá sin saber lo dolorosa que puede ser la muerte causada por este veneno. Pretendía esconderse antes de ingerirlo, de manera que su cadáver no fuera encontrado enseguida y pudiera ser devorado por las hormigas.
 
Paul Gauguin, Les seins aux fleurs rouges ou Deux tahitiannnes (1899) 94 x 72 cm (Metropolitan Museum, New York)
 
Pero después se desdijo, y volvió a Punaauia. Aunque le quedaba muy poco tiempo de vida, había decidido seguir adelante. Para sobrevivir, aceptó un trabajo en Papeete, de seis francos al día, como administrativo del Ministerio de Obras Públicas e Inspecciones. En 1901 se aisló todavía más y se mudó a la pequeña isla de Hiva Oa, en el remoto archipiélago de las Marquesas. Dos años más tarde, sumido en problemas legales, Paul Gauguin murió de un ataque al corazón causado por la sífilis. Fue enterrado en el cementerio católico de Hiva Oa.

“Soy un salvaje –escribió a un magistrado pocos días antes de su muerte-. Y la gente civilizada lo sospecha, porque en mis obras no hay nada tan sorprendente ni desconcertante como este aspecto de “salvaje a pesar de mí mismo”.”

Gauguin había llegado a la Polinesia Francesa, a este casi imposible fin del mundo (solo las islas Pitcairn y de Pascua son más remotas), para encontrar a la vez la paz y una nueva frontera de expresión artística. Alcanzó la segunda, si no la primera.

El viaje de cuerpo y alma de Gauguin fue único entre los grandes artistas de su época. Nacido en París en 1848, su madre medio peruana lo crió en Lima y después en Orleans. Esta mezcla étnica ya ofrecía un atisbo de lo que iba a venir. De joven se incorporó a la marina mercante francesa y viajó alrededor del mundo a lo largo de seis años. Durante ese período, en 1870-1871, fue testigo de la guerra franco-prusiana, en el Mediterráneo y en el mar del Norte. A su retorno a París prestó primero poca atención al arte, para convertirse en corredor de bolsa bajo el asesoramiento de Gustave Arosa, su adinerado tutor. Su interés por el arte lo despertó y lo mantuvo Arosa, un importante coleccionista de arte francés, entre cuyas obras figuraban las últimas del impresionismo. Cuando el mercado de valores francés se hundió en 1882 y su propio banco quebró, Gauguin se dedicó a pintar y empezó a desarrollar su considerable talento. Inspirado en el impresionismo de pintores de grandeza indudable (Pissarro, Cézanne, Van Gogh, Manet, Seurat, Degas), se esforzó para unirse a sus filas. Mientras viajaba aquí y allá, de Pontoise a Ruán, de Pont-Aven a París, creó retratos, naturalezas muertas, paisajes en una obra cada vez más fantasmagórica, que presagiaba el Gauguin que estaba por llegar.
 
Paul Gauguin, Nevermore -O Taiti- (1897) 50 x 116 cm (Courtauld Institute of Art, Londres)
 
Pero Gauguin estaba descontento con el resultado, y permaneció muy poco tiempo en compañía de sus deslumbrantes contemporáneos. No se había hecho rico y famoso por su propio esfuerzo, aunque, como declararía más tarde, sabía que era un gran artista. Anhelaba una vida más sencilla y más fácil para encontrar su destino. París, escribió en 1886, “es un desierto para un hombre pobre. (...) Me voy a Panamá para vivir la vida de un nativo. (...) Me llevaré mis pinturas y mis pinceles y me revigorizaré lejos de la compañía de los hombres.

No fue solo la pobreza lo que alejó a Gauguin de la civilización. En el fondo era un alma inquieta, un aventurero, siempre ansioso de encontrar lo que había más allá del lugar en el que vivía. En arte, por consiguiente, era un experimentalista. En sus peregrinaciones era atraído por el exotismo de las culturas no occidentales, y quería sumergirse en ellas en busca de nuevos modos de expresión visual. Pasó un tiempo en Panamá y después en la Martinica. De regreso a su hogar, solicitó un puesto en la provincia de Tonkín, en la actualidad Vietnam del Norte, que entonces era gobernada por Francia. Al no conseguirlo, se dirigió finalmente a la Polinesia Francesa, el último paraíso.

El 9 de junio de 1891, Gauguin llegó a Papeete y se sumergió en la cultura indígena. Con el tiempo se convirtió en defensor de los derechos de los nativos, y por lo tanto en un alborotador a los ojos de las autoridades coloniales. Pero mucho más importante fue que se convirtió en pionero de un nuevo estilo denominado primitivismo: plano, pastoral, a menudo de colores violentos, simple y directo, y auténtico.

No obstante, no podemos eludir la conclusión de que Gauguin buscaba algo más que ese nuevo estilo. Estaba asimismo profundamente interesado en la condición humana, en lo que era en realidad, y en cómo retratarla. Los escenarios de la Francia metropolitana, especialmente París, constituían un paisaje de mil voces que clamaban para conseguir la atención, en el que la vida intelectual y artística estaba regida por autoridades reconocidas, cada una de ellas enraizada en su propia parcela de pericia. Al sentir de Gauguin, nadie podía hacer una nueva unidad a partir de esa cacofonía.
 
Paul Gauguin, Annah la Javanaise -Aita parari te tamari vahine Judith- (1894) 116 x 81 cm (Colección Privada, Suiza)
 
Sin embargo, eso podría hacerse en el mundo de Tahití, muchísimo más simple, pero aun así totalmente funcional. Allí, posiblemente, se podría cortar hasta la roca madre de la condición humana. En ese aspecto, Gauguin era como Henry David Thoreau, quien anteriormente se había retirado a su minúscula cabaña a orillas del estanque Walden, “para afrontar solo los hechos cruciales de la vida, y ver si acaso podía yo aprender aquello que esta tenía que enseñar (...) para hacer un gran papel y salir airoso, para arrinconar a la vida y reducirla a sus términos más bajos”.

Esta percepción la expresa mejor Gauguin en su obra de arte de tres metros y medio de ancho. Observemos atentamente sus detalles. Contiene una serie de figuras distribuidas frente a una tenue mezcla de paisajes tahitianos, montaña y mar. La mayoría de las figuras son femeninas (este es el Gauguin de Tahití). A la vez realistas y surrealistas, representan el ciclo de vida humano. El artista intenta que las veamos de derecha a izquierda. Un niño en el extremo derecho representa el nacimiento. En el centro se ha colocado un adulto de sexo ambiguo, con los brazos levantados, un símbolo de la aceptación individual de sí mismo. Junto a él, a la izquierda, una pareja que coge y come manzanas es el arquetipo de Adán y Eva, en busca del saber. Más a la izquierda, representando a la muerte, una mujer anciana se halla encorvada, apesadumbrada y desesperada (se cree que fue inspirada por el grabado de 1514 Melancolía, de Alberto Durero).

Un ídolo de color azulado nos contempla desde el fondo de la izquierda, con los brazos levantados ritualmente, quizá benigno o quizá maligno. El propio Gauguin describió su significado con reveladora ambigüedad poética:

“El Ídolo está aquí no como una explicación literaria, sino como una estatua, quizá menos estatua que las figuras animales; menos animal también, transformándose en uno en mi sueño, frente a mi choza, con toda la naturaleza, dominando nuestra alma primitiva, el consuelo imaginario de nuestros sufrimientos y lo que contienen de valor y de incomprensible ante el misterio de nuestros orígenes y nuestro futuro". (La cursiva es de Gauguin.)

En el extremo superior izquierdo del lienzo escribió el famoso título: D’où Venons Nous / Que Sommes Nous / Où Allons Nous. El cuadro no es una respuesta. Es una pregunta.

Paul Gauguin, D'où venons nous Que sommes nous Où allons nous (1897) 139 x 374 cm (Museum of Fine Arts, Boston)

jueves, 14 de febrero de 2013

Discos dedicados


Canción infantil... para despertar a una paloma morena de tres primaveras
(que hoy, día de San Valentín, ha cumplido diecisiete)


Y bueno, pues, un día más que se va colando de contrabando.
Y bueno, pues, adiós a ayer y cada uno a lo que hay que hacer.
Tú enciende el sol, tú tiñe el mar, y tú descorre el velo que oscurece el cielo, y tú ve a blanquear la espuma y la nube, la nieve y la lana, y tú conmigo a cantar la mañana.
Tú a dibujar el trigo y la flor. Tú haces de viento, dales movimiento, y tú les das color. Tú amasa los montes, tú al pozo a baldear y tú conmigo y el gallo a cantar...
Que hay que empezar un día más. Tire pa'lante que empujan atrás.
Y póngase el calcetín paloma mía y véngase a cocinar el nuevo día. Todo está listo, el agua, el sol y el barro, PERO SI FALTA USTED NO HABRÁ MILAGRO.
Si le falta a usted un mundo enfermo y con canas, quién va a hacerle la cama y quién le peinará la frente y quién le lavará la cara. Si falta su risa para echarlo a andar, venga conmigo y el gallo a cantar...
Que hay que empezar un día más. Tire pa'lante que empujan atrás.
Y póngase el calcetín paloma mía y véngase a cocinar el nuevo día. Todo esta listo, el agua, el sol y el barro, PERO SI FALTA USTED NO HABRÁ MILAGRO.

Este LP de Joan Manuel Serrat, sexto en español y último editado con el sello Zafiro/Novola, es conocido por diversos nombres: Serrat 74 por el año en que apareció, Para vivir por el tema que cierra la grabación, y también con el del primero, Canción infantil, que aparece aquí en el lomo del Cd dándole título. Todos los temas están compuestos por Serrat, con arreglos y dirección musical de Ricard Miralles: 1. Canción infantil... para despertar a una paloma morena de tres primaveras - 2. Soneto a mamá - 3. De parto - 4. Campesina - 5. Arena y limo - 6. Romance de Curro "El Palmo" - 7. Hermano que te vas a California - 8. Decir amigo - y 9. Para vivir. El décimo tema, Edurne, es un añadido del Cd que no se incluía en el vinilo original. Es uno de mis primeros Lp's y uno de mis preferidos.